Cómo preparar un gran viaje en moto
El viajero Hans59 nos explica cómo prepara sus grandes expediciones por el mundo con su BMW GS equipada con neumáticos Continental TKC 70
Hay quien dice que un viaje empieza cuando se gira la llave de contacto. En mi caso, empieza muchos meses antes, delante de un mapa, revisando documentación, preparando la moto y organizando cada detalle de una aventura que, cuando supera el mes de duración, exige una planificación muy diferente a la de una escapada de unos días.
Después de recorrer miles de kilómetros por Sudamérica, Norteamérica, Asia o Alaska, he comprobado que una buena preparación no elimina los imprevistos, pero sí multiplica las posibilidades de disfrutar del viaje. Porque, cuando por fin llega el momento de arrancar, lo único que quiero es centrarme en descubrir el camino.
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Todo empieza mucho antes de arrancar la moto
Para mí, un viaje de más de un mes ya no es una simple escapada sobre una moto alquilada en el destino. Es una auténtica expedición, y eso hace que merezca la pena viajar con mi propia moto, aunque para ello tenga que cruzar el océano y enviarla a otro continente. A partir de cierta duración, incluso resulta más económico que alquilar una moto durante semanas.
Así lo hice en la Ruta de los Andes, enviando la moto a Argentina; en la Ruta del Salvaje Oeste, hasta Miami; y en la Ruta del Amazonas, a Salvador de Bahía. En todas ellas descubrí que comenzar el viaje sobre mi propia moto marca una gran diferencia.
Transportarla por vía aérea dentro de una caja de madera requiere cierta preparación, aunque está lejos de ser un proceso complicado. Antes de embalarla, la moto debe estar completamente revisada y lista para afrontar miles de kilómetros. Después llega el momento de trasladarla al almacén de aduanas, desmontar algunas piezas para reducir al máximo el volumen de la caja y aprovechar el espacio para guardar en su interior las maletas con todo el equipaje y el equipo de conducción. Gracias a ello, el día del vuelo solo necesito llevar conmigo una pequeña bolsa de mano.
En un viaje de aventura de estas características, la elección de los neumáticos también es una parte fundamental de la preparación. Necesito un neumático que me ofrezca seguridad sobre asfalto, tanto en seco como en mojado, pero que también me permita afrontar pistas de tierra cuando la ruta lo exige.
En todas mis expediciones he confiado en los Continental TKC 70. Su banda central continua, fabricada con un compuesto más duro, me permite recorrer más de 12.000 kilómetros con mi BMW GS 1200 completamente cargada, sin renunciar a un comportamiento equilibrado tanto en carretera como fuera del asfalto. En carreteras de curvas transmiten mucha confianza, incluso cuando el asfalto está mojado, mientras que fuera de él también me han sorprendido por su capacidad. Con ellos recorrí la Circular al Huascarán, en Perú, afrontando fuertes pendientes y tramos embarrados, y crucé el paso del Cristo Redentor, entre Chile y Argentina. En ambos casos respondieron exactamente como necesitaba, demostrando un equilibrio excepcional entre rendimiento sobre asfalto y comportamiento fuera de él.
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La documentación también forma parte de la aventura
Las rutas en las que es necesario enviar la moto en avión no siempre son las más complejas de preparar. De hecho, la expedición que más planificación me exigió fue mi primer gran viaje: la Ruta de la Seda.
Aquel recorrido comenzó en España, atravesó Ucrania y Rusia hasta la frontera con China y regresó cruzando varios de los antiguos países de la Unión Soviética, los conocidos como los «estanes». La aventura empezaba al salir de casa, pero el verdadero trabajo había comenzado casi seis meses antes, preparando visados, permisos y toda la documentación necesaria para cruzar cada frontera con tranquilidad.
Una vez decidida la ruta, empieza una labor casi detectivesca: comprobar qué exige cada país para permitir la entrada tanto del motorista como de la moto. Pasaporte en vigor, documentación del vehículo, seguro médico, seguro de responsabilidad civil, visados y, en algunos casos, permisos especiales. Cada país tiene sus propias normas, y conviene revisarlas siempre con tiempo porque pueden cambiar de un año para otro.

En algunos destinos también resulta imprescindible gestionar el Carnet de Passages en Douane (CdP), un documento que actúa como un pasaporte para la moto y garantiza a las autoridades aduaneras que el vehículo abandonará el país una vez finalizado el viaje. Para obtenerlo hay que depositar una fianza —habitualmente equivalente al valor de la moto— que se recupera al regresar a España con toda la documentación correctamente sellada. Países como Irán o Irak pueden exigir este documento para autorizar la importación temporal del vehículo.
En cambio, otros destinos, como Estados Unidos o Canadá, simplifican mucho más este proceso. Basta con cumplimentar el formulario de importación temporal y presentarlo después en la aduana del aeropuerto al recoger la moto. Y si la experiencia me ha enseñado algo, es que siempre intento que la moto viaje en el mismo vuelo que yo. De esa forma, los trámites suelen ser mucho más rápidos, ya que en muchos casos las autoridades consideran la moto como parte del propio equipaje.
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El viaje también empieza delante de un mapa
Una vez tengo claro el destino, la moto está lista, el equipo preparado y toda la documentación en regla, llega una de las fases que más disfruto de cualquier expedición: diseñar la ruta. Para muchos, el viaje comienza el día que arrancan la moto. Para mí, empieza mucho antes, delante del ordenador y con los mapas extendidos sobre la mesa.
Lo primero que hago es comprar mapas en papel de todos los países que voy a recorrer. No solo me sirven para planificar el itinerario, sino que también me acompañan durante el viaje. Hoy disponemos de navegadores GPS y aplicaciones muy precisas, pero un mapa de papel ofrece una perspectiva que ninguna pantalla puede igualar. Me permite comprender la dimensión real del territorio, situarme dentro del recorrido y visualizar con claridad la dirección que debo seguir para alcanzar el siguiente objetivo.
Esta fase de preparación la disfruto casi tanto como el propio viaje. Investigar carreteras, descubrir pasos de montaña, localizar parques nacionales, pueblos remotos o lugares históricos forma parte de la aventura. Es cierto que todo ese trabajo previo resta una pequeña parte del factor sorpresa, porque llegas conociendo muchos de los lugares que vas a visitar. Sin embargo, la experiencia me ha demostrado que siempre queda espacio para lo inesperado. Los mapas muestran carreteras y ciudades; el viaje, en cambio, lo escriben las personas que conoces, los imprevistos que aparecen y esos momentos que nunca figuran sobre el papel.
Con los mapas ya desplegados sobre la mesa comienza la siguiente fase: decidir qué merece realmente la pena visitar. Estudio cada país, provincia o estado para identificar aquellos lugares imprescindibles y, cuando los tengo claros, los uno sobre el mapa hasta construir un recorrido lógico. Después traslado ese itinerario a Google My Maps, donde lo convierto en archivos compatibles con el GPS o con el móvil.
Cuando termino este proceso tengo una ruta general, pero nunca la considero definitiva. Durante el viaje siempre aparece algún motorista, un viajero o alguien de la zona que recomienda una carretera, un desvío o un rincón que no aparece en ninguna guía. Esas sugerencias suelen modificar el recorrido sobre la marcha y, casi siempre, hacen que acabe recorriendo más kilómetros de los que había previsto. Y, curiosamente, son esos desvíos improvisados los que terminan regalándome algunos de los mejores recuerdos del viaje.
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La mejor preparación siempre deja espacio para la improvisación
Todo el tiempo que dedico a preparar la moto, reunir la documentación o diseñar la ruta tiene un único objetivo: aprovechar al máximo el tiempo disponible para viajar. Hay viajeros que prefieren improvisar cada jornada y dejarse llevar por el camino, una forma de entender las rutas tan válida como cualquier otra. En mi caso, cuando el calendario está condicionado por compromisos laborales o familiares, prefiero invertir muchas horas antes de salir para poder disfrutar con más tranquilidad una vez estoy en marcha.
Con los años también he aprendido que la preparación no termina en el garaje. Antes de afrontar una expedición larga procuro llegar en buena forma física. Pasar muchas horas sobre la moto, levantarla si se cae o superar de pie los tramos más técnicos fuera del asfalto exige resistencia. Por eso intento mantenerme activo antes del viaje y, ya durante la ruta, dedicar unos minutos cada día a realizar algunos ejercicios con una banda elástica para fortalecer la espalda y descargar la musculatura.
También he descubierto que los lugares más espectaculares no siempre son los que permanecen en la memoria. Con el paso del tiempo he comprendido que los recuerdos más intensos suelen nacer en esos rincones remotos donde las cosas se complican y no queda más remedio que resolver los problemas por uno mismo. Y, curiosamente, es en esos momentos cuando casi siempre aparece alguien dispuesto a echar una mano.
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Las personas son el mejor recuerdo de cualquier viaje
En todas las expediciones hay momentos que dejan huella, pero no siempre tienen que ver con el paisaje. A veces, el recuerdo más intenso llega cuando surge un problema y aparece alguien dispuesto a ayudarte sin esperar nada a cambio.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió en Utah, cuando una caída me provocó una lesión importante en la rodilla. Incapaz de levantar la moto por mí mismo, apareció un grupo de cazadores que no solo me ayudó a ponerla en pie, sino que se ofreció a acompañarme durante varias horas hasta que recuperé la confianza suficiente para continuar solo. Fue uno de esos gestos que jamás se olvidan y que recuerdan que, incluso en los lugares más remotos, siempre hay personas dispuestas a tender una mano.
Con el paso de los años he llegado a una conclusión muy sencilla: los paisajes impresionan, pero son las personas las que hacen inolvidable un viaje. Puedes recorrer las carreteras más espectaculares del mundo, alcanzar los puertos de montaña más altos o cruzar desiertos interminables, pero lo que permanece en la memoria son las conversaciones improvisadas, la hospitalidad de quienes te reciben y esas pequeñas historias que nunca aparecen en ninguna guía.
Esa es, probablemente, la mayor enseñanza que me han dejado tantos kilómetros sobre la moto. La preparación es importante y permite disfrutar mucho más del viaje, pero también hay que saber dejar un margen para la improvisación. Son esos pequeños cambios de planes, esos encuentros inesperados y esas decisiones tomadas sobre la marcha los que terminan convirtiendo una ruta en una experiencia única.
He tenido la suerte de llegar a lugares tan míticos como Ushuaia, Cabo Norte o Prudhoe Bay, en Alaska. Destinos con los que muchos motoristas sueñan alguna vez y que, sin duda, merecen la pena. Sin embargo, con el paso del tiempo he comprendido que ninguno de ellos era realmente el objetivo.
Porque después de tantos años viajando he comprendido que el verdadero destino nunca fue Ushuaia, Cabo Norte o Alaska. El verdadero destino siempre fue el camino.
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